Ensayo sobre Jorge Manrique (3)

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– Los Manrique, aparentemente, siempre se sitúan en el bando de los perdedores y, en cualquier caso, en el de los pobres (ni Alfonso ni Isabel tenían dinero). Por este motivo Rodrigo se casa, en terceras nupcias, con la hija del rico toledano Pedro López de Ayala. Lo más llamativo es que, al poco tiempo, Jorge se casa con la hermana de su madrastra por el mismo motivo. Quedan, así, padre e hijo casados con dos hermanas: Elvira y Guiomar. Del matrimonio de Jorge con Guiomar se sabe poco, aunque parece que no fue un matrimonio ni feliz ni pacífico. Jorge describe así las pobrezas de Rodrigo a su muerte (copla 29):

Non dexó grandes tesoros,

ni alacançó muchas riquezas

ni vaxillas;

mas fizo guerra a los moros,

ganando sus fortalezas

e sus villas;

y en las lides que venció,

cuántos moros e caballos

se perdieron;

y en este oficio ganó

las rentas e los vasallos

que le dieron.

 

– Rodrigo Manrique consigue, por fin, una gran victoria militar en Uclés con la que se proclama Maestre de la Orden de Santiago en Castilla. Es una victoria de todos los Manrique, también de Jorge, después de una pelea cruenta en la que se contabilizan más de cien muertos (muchos para una batalla de la época). Pero esta victoria tan relevante dura poco, a los seis meses Rodrigo muere de un cáncer de piel que le llega a desfigurar la cara. Jorge describe la victoria en la copla 31.

 

Estas sus viejas hestorias

que con su braço pintó

en juventud,

con otras nuevas victorias

agora las renovó

en senectud.

Por su gran habilidad,

por méritos e ancianía

bien gastada,

alcanço la dignidad

de la gran Caballería

dell Espada.

– La muerte de Rodrigo significa el declive de la importancia de los Manrique en aquellos años relevantes de la historia de Castilla. Ninguno de los hijos tiene la personalidad, la ambición o la capacidad de su padre. Al estar sustentados sus logros, no en su estirpe, sino en la figura de Rodrigo, enseguida sus enemigos empiezan a atacarles para hacerse con sus tierras. Los hijos no consiguen retenerla y sufren distintas derrotas. En una de ellas el propio Jorge es apresado.

– Isabel la Católica, ya reina de Castilla, le propone a Jorge ser capitán de una de las Hermandades. Las Hermandades son ejércitos pagados por las ciudades y obedientes al rey. Su creación fue una estrategia de Isabel para reducir el poder militar de los nobles que tanta inestabilidad producía en el gobierno y, al mismo tiempo, aprovechar el nuevo poder que surge con la aparición de las ciudades. Jorge acepta el encargo y lucha contra los pocos que siguen sin reconocer a Isabel como reina. Lo hace aún sabiendo que rompe con el “orden de las cosas” en el que nunca dejó de creer y que tanto había defendido su padre. Los guerreros no lo eran ya por destacar entre los demás y ser los elegidos para proteger a la sociedad, sino que lo podían ser cualquiera (un herrero, un artesano, etc.). Ser capitán de estas Hermandades no parece que le enorgullezca, incluso se puede pensar que lo hace por necesidad, o forzado por la reina. Es muy llamativo que Jorge en las coplas, donde hace una valoración histórica de los personajes más importantes de su tiempo, no mencione en ningún momento a Isabel la Católica.

– Jorge muere en una de las infinitas algaradas que se producen en cumplimiento de ese encargo. El Cronista Hernando del Pulgar lo describe así:

“Ansimesmo en el Marquesado donde estaban por capitanes contra el Marqués, D. Jorge Manrique é Pero Ruiz de Alarcón peleaban los más días con el marqués de Villena é con su gente; é había entre ellos algunos recuentros, en uno de los quales, el capitán don Jorge Manrique se metió con tanta osadía entre los enemigos, que por no ser visto de los suyos, para que fuera socorrido, le firieron de muchos golpes, é murió peleando cerca de las puertas del castillo de Garci Muñoz, donde acaeció aquella pelea, en la qual murieron algunos escuderos é peones de la una é de la otra parte”.

 

CONCLUSIÓN:

Si existe una constante en la vida de Jorge Manrique es la vinculación que mantuvo, y mantiene, con su padre. Jorge, en vida de Rodrigo, le sigue como capitán de sus tropas y está dispuesto a casarse con tal de lograr el dinero que tanto necesitan sus guerras. Una vez muerto Rodrigo se le ve intentando restaurar su honor como Maestre de la Orden de Santiago y, por ese motivo, escribe las coplas. Incluso la posteridad los mantiene unidos, Jorge Manrique que pasa a la historia como poeta, no como guerrero, será siempre: “el autor de las coplas a la muerte de su padre”.

Rodrigo, como todos los padres “fuertes”, educó y trató a su hijo como una copia de sí mismo, como su proyección. No lo hizo, sin duda, con ánimo de perjudicarle; el amor intenso de Jorge por su padre es el reflejo de lo que su padre sentía por él. Pero, evidentemente, se equivocó. Jorge no parece haber sido feliz, y no lo fue porque no era Rodrigo, carecía de su seguridad y de su ambición, probablemente también de su inteligencia como capitán de tropas y hombre de armas. Debía ser una tarea difícil imitarle, la ancha sombra de Rodrigo oscureció no sólo los méritos personales de Jorge, sino los de sus otros hijos, sus tres mujeres y el resto de parientes y criados, tal vez con la excepción de su hermano Gómez, único Manrique guapo y cortesano, también gran poeta. Pero Jorge cuando habla de su padre, habla de esa sombra que ejercía una fuerza poderosa en quienes le rodean, así lo dice en la copla treinta:

Pues por su honra y estado,

en otros tiempos pasados

¿cómo s’hubo?

Quedando desmanparado,

con hermanos e criados

se sostuvo.

Es una descripción muy significativa. Nadie, entonces, se atrevía a ir a la guerra sólo con sus hermanos y criados. Los caballeros necesitaban de otros caballeros porque las campañas eran largas y caras, pero Rodrigo resistió con aquella fuerza tan pequeña. Es casi entrañable ver cómo esos hermanos y criados se identificaron con su causa, aunque no debía ser fácil seguir a un líder mezcla de fuerza e idealismo. Incluso consta que sus criados le dejaron dinero.

Jorge no se revela nunca contra su padre, no hay siquiera una queja, al menos aparente. Él sentía un amor filial indestructible y creía en sus ideales, por otra parte le debía ser muy difícil revelarse contra ellos: ¿cómo revelarse contra los principios de servicio a la sociedad, de honor, de austeridad, de amabilidad y, especialmente, de justicia?. Al contrario, se ve un esfuerzo constante por justificarle y defender su figura como caballero, como Maestre y como hombre.

No obstante, y después de haberlas leído muchas veces, encuentro algo discordante en las tres primeras coplas. Mantengo la teoría (no contrastada) de que fueron escritas al final, una vez terminadas las demás, o al menos modificó mucho las hechas en un principio. Esta técnica es frecuente en las obras con una gran fuerza en su primera parte. El autor vuelve a trabajar el inicio con otra perspectiva después de haber llegado al final, sus ideas han ido evolucionando conforme las desarrolla y ve necesario hacer cambios. Jorge, a lo largo de las coplas, hace un recorrido por la vida de su padre, y por tanto también por la suya, en un momento en el que está atravesando por un gran desengaño personal. Su padre ha muerto y él, incapaz de igualarle, es capitán de las Hermandades en contra de sus creencias caballerescas. En un capitán, además, lleno de fracasos. Ante estas circunstancias se revela contra su vida y, por tanto, contra Rodrigo, haciéndose unas preguntas especialmente descarnadas: ¿para qué tanto esfuerzo?, ¿para qué tantas penurias?, ¿para qué los grandes ideales?, ¿para qué todo?.

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va al placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo a nuestro parescer,

cualquiere tiempo pasado

fue mejor.

 

Pues si vemos lo presente

como en un punto s’es ido

e acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos los non venido

por pasado.

Non se engañe nadi, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de pasar

por tal manera.

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en el mar,

qu’es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

e más chicos;

allegados son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos.

 

Desde mi punto de vista, en estas tres coplas, deja entrever su propias ideas, su íntima identidad, y sólo se le puede considerar un hombre triste hasta la depresión, casi desesperado. Paradójicamente lo hace con metáforas brillantes en, quizá, los mejores versos de la lengua castellana. Pero su pesimismo es definitivo y no sólo en relación con su vida, sino con “la vida”, con cualquier vida, es decir, con el futuro de la humanidad. De hecho el futuro lo niega cuando dice: “si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado” que es como decir: “la fe en un futuro mejor, como expectativa, no existe, se repetirá continuamente el pasado”.

Esta idea la desarrolla – insisto que de una manera extraordinaria – a través de las metáforas de los ríos. En ellas, y aunque no lo dice de forma expresa, los divide en dos partes: en el agua y en el cauce. El agua, es el tiempo, fluye constantemente y nos arrastra aunque no queramos. El cauce, que conduce el agua, permanece siempre igual, inalterable, es otra dimensión incomprensible que sostiene al propio tiempo. De forma que el drama es doble: nuestro cuerpo y nuestra vida son arrastrados por el torrente de tiempo y, a su vez, nada podemos hacer mientras vivimos para cambiar la humanidad porque el cauce, que es por donde esta humanidad discurre, se encuentra en una dimensión a la que no pertenecemos. A pesar de nuestros esfuerzos todo se repite y la historia es testigo, ¿qué mas da, entonces, lo que hagamos?. Jorge se desengaña de la lucha por lograr los grandes ideales de Rodrigo y de su intento de alcanzar la fama como caballero esforzado, en definitiva, deja de creer en la esperanza. Quizá este pensamiento nos permita entender su muerte: se abalanzó contra el enemigo, quedándose sólo, dejando abierta una parte de su coraza para desprotegerse (él, un guerrero profesional), quizá mientras se preguntaba: ¿sin esperanza, para qué vivir?. Y tenía razón, todo hombre sin esperanza renuncia a su felicidad y, sin posibilidad de alcanzar la felicidad, la vida es un estorbo.

Las tres primeras coplas son, para muchos, un discurso moral definitivo. Su grandeza radica en la capacidad de removernos y de provocarnos para hacernos pensar en nuestro propio drama personal: ¿tenemos esperanza?, ¿creemos en la felicidad?. Y si es así: ¿cómo se alcanza?, ¿a través de la riqueza, de la fama, del prestigio social, de la ambición, del éxito, de todo lo contrario, o cómo?. Jorge nos sitúa en los parámetros del tiempo y nos avisa de su crueldad: el tiempo, nos dice, te acabará llevando, quieras o no, arrebatando lo que hiciste y tuviste, también lo que llegaste a ser. Y, además, una vez muerto todo seguirá igual y tu huella se borrará dejando al mundo indiferente, como si nunca hubieses existido.

Yo discrepo de este fatalismo, sí creo en la esperanza porque sí creo en la felicidad. Entiendo que la felicidad no consiste en pretender vivir sin problemas, sino encontrarle sentido a la vida. Un sentido doble: terrenal y trascendente. Y un sentido mixto: somos para nosotros y somos para los demás. La búsqueda de la felicidad es lo que hace al mundo permanentemente distinto aunque parezca siempre igual. También la seguridad de que cada vida merece la pena ser vivida. Y él mismo es una prueba de la huella que se deja. Mi homenaje a Jorge Manrique, a quien tanto admiro, ha sido escribir un libro basado en su vida pero con esperanza.