¡ESE ALETI!

quinto

Cuando dos hombres se encuentran paseando a sus perros, hablan de perros. Y si llegan a algún silencio incómodo, hablan de fútbol. Si ya se conocen y no pueden pararse por cualquier urgencia, levantan las cejas y dicen algo como: “¡Ese Aleti!” (si son del Atleti) y siguen de largo extrañamente reconfortados. Pero cuando dos hombres salen a pasear a sus perros después de un debate en el Congreso y se saben de partidos distintos, sonríen, y si son buenos amigos deciden repetirse los improperios oídos el día anterior pero mejorándolos, haciéndolos más poéticos, casi rozando la onomatopeya.

– Sinenterado.

– Mamacallos.

– Majadero.

Ninguno sabe su contenido concreto pero sí el general que es siempre el mismo. Hasta que uno de los dos dice:

– Lamentable.

– Lamentable, sí –le contesta al otro– pero “deportivamente lamentable”.

Es un hecho curioso ese, que el Congreso, el lugar para “congregarse” y “parlamentar” y “entenderse”, sea paradójicamente el lugar de “menos entendimiento concebible”. ¿Alguna vez alguien ha visto en un debate que dos posturas enfrentadas lleguen a un acuerdo o, incluso, a un acercamiento? “Tiene razón usted, señoría, y yo no” es una frase de ciencia ficción política. Y lo más curioso, cuando alguna vez la extrema necesidad les hace ponerse de acuerdo lo hacen a escondidas, como amantes vergonzosos.

Entonces los dos hombres y sus dos perros se vuelven a mirar y mueven la cabeza y suben los hombros, como en un gesto de negación y conformismo, diciéndose: “es lo que hay”. Los partidos políticos se insultan porque necesitan diferenciarse. Aunque el resultado sea el de separar ficticiamente a la sociedad en su propio beneficio. Hasta cada uno tiene sus colores, como los yogures, como las piezas de los “lego”, para ponérnoslo fácil y no confundirnos el día de la votación.

Hay quien dice que la diferencia existe y que consiste en que los de derechas quieren regular la moral y no la economía, y que los de izquierdas quieren lo contrario: regular la economía y no la moral. Aunque hasta estos mismos bien intencionados reconocen que puede ser así mientras están en la oposición, porque cuando llegan al gobierno, unos y otros, quieren regularlo todo (excepto a ellos mismos y sus financiaciones).

Pero últimamente hay una sombra más oscura que supera esa sensación “deportivamente lamentable”. Últimamente los insultos se han cargado de un odio intenso, violento, nuevo. Y peligroso.

– ¿De esos otros qué me dices? – dice uno de los paseantes.

– Me preocupa. El odio se contagia con palabras, por el aire, como cualquier otra mala peste. Y siempre pasa factura.

– ¿Y qué motivos tienen ellos para querer destruir lo que hay ahora? No saben nada de lo que costó levantarlo. La de sapos que tuvimos que tragarnos unos y otros para poder convivir: una guerra entera, se dice pronto.

Entonces ya no se quedan callados en un silencio incómodo en donde no saben qué decir, sino en otro silencio buscado en donde no quieren decir nada. Un silencio triste. Sólo los perros, siempre tan sensibles a lo que piensan sus amos, les pretenden animar lamiéndoles las manos. En uno de ellos surte efecto.

– Bueno ¡qué!, el mundo siempre parece al borde de la destrucción. Menos mal que está la humanidad para salvarlo. Ya sabes: eso de quererse –dice y se calla, tímido.

– Y el Aleti.

El Aleti esa esperanza de la humanidad. La capacidad de unirse en un sentimiento sin preguntar quién eres, ni qué quieres. La sensación de pertenecer profundamente a algo sin tener ni idea del motivo. Igual de irracional que el amor. O compuesta de ese amor irracional. Pero ¡tan tangible!

– ¡Ese Aleti! – dicen otra vez extrañamente reconfortados y se marchan.

© Rafael Alvarez Avello 7-12-16

rafaelalvarezavello.com