La forma de conocer la figura de Jorge Manrique es siempre a través de su obra más importante, las “coplas a la muerte de su padre”. Esta obra clásica y cumbre de la poesía universal nos narra los hechos que marcaron su vida y, también, sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Las coplas más conocidas son las tres primeras en donde realiza un discurso sobre el paso del tiempo y sus consecuencias. Son poemas breves, sencillos, rítmicos, sin ningún artificio, muy fáciles de recordar a pesar de estar escritos en Castellano antiguo.

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va al placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo a nuestro parescer,

cualquiere tiempo pasado

fue mejor.

 

Pues si vemos lo presente

como en un punto s’es ido

e acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos los non venido

por pasado.

Non se engañe nadi, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de pasar

por tal manera.

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en el mar,

qu’es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

e más chicos;

allegados son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos.

Pero, en principio, la intención de Jorge Manrique no era la de impartir con sus coplas un discurso moral. Lo que el pretendía era defender frente a la posteridad la figura de su padre, Rodrigo Manrique. Si en la historia de la literatura ha existido un autor cuya vida haya estado condicionada por su padre, ese es Jorge Manrique. Su padre fue un noble con mucha ambición, que por sus convicciones caballerescas y sus méritos guerreros tuvo un papel destacado en la vida política de Castilla. Y Castilla, en aquellos años (finales del S. XV) se encontraba cruzando el umbral del Renacimiento de la mano de Isabel la Católica, dejando atrás la Edad Media.

El Renacimiento supuso un cambio en muchos aspectos y uno de los más relevantes fue el del sistema político. En la Edad Media los caballeros eran los elegidos para defender la sociedad, pero conforme pasaron los años y los siglos, se convirtieron en señores feudales cuyo único objetivo parecía ser enriquecerse y concentrar poder. Rodrigo Manrique luchó contra los que, de esa forma, corrompían la Orden de Caballería. Concretamente contra los favoritos de los reyes quienes, sin ningún escrúpulo moral, se enriquecían a costa del reino, empobreciéndolo y, además, desviando sus esfuerzos de su sagrada misión de finalizar la Reconquista. Aunque él también ansiase obtener el mayor poder posible, seguía creyendo en su función como caballero defensor de la sociedad, tal y como lo describió siglos antes Raimundo Lulio:

“Amor y temor conviven entre sí contra desamor y menosprecio; y por eso se convino que el caballero, por nobleza de corazón y de buenas costumbres, por el honor tan alto y tan grande que se le dispensó escogiéndolo y dándole caballo y armas, fuese amado y temido por las gentes, y por el amor volviesen caridad y cortesía, y por el temor volviesen verdad y justicia”.

 El perfecto caballero era, por tanto, amado y temido, es decir, una persona que debía portarse siempre de forma honesta, austera, culta, amable, justa y valiente. Si “caballero” puede considerarse sinónimo de “noble”, se debe a que un caballero siempre debía comportarse con nobleza de corazón. Jorge describe así a su padre en la copla veintiséis.

Amigo de sus amigos,

¡qué señor para criados

e parientes!

¡Qué enemigo d’enemigos!

¡Qué maestro d’esforçados

e valientes!

¡Qué seso para discretos!

¡Qué gracia para donosos!

¡Qué razón!

¡Qué benigno a los sujetos!

¡A los bravos e dañosos,

qué león!

También Jorge como su padre creían que el buen caballero, a su muerte, viviría una tercera vida, la vida de la fama. La primera vida era la terrenal, la segunda la celestial y la tercera, la de la fama, significaba vivir en la memoria de los que le conocieron. Lo dice en su copla treinta y siete:

E pues vos, claro varón,

tanta sangre derramastes

de paganos,

esperad el galardón

que en el mundo ganaste

por las manos;

e con esta confiança

e con la fe tan entera

que tenéis,

partid con buena esperança,

qu’estotra vida tercera

ganaréis.

En este sentido debemos recodar que ser caballero era, en realidad, recibir la “Orden de la Caballería”, es decir, realizar una serie de “votos” o “juramentos” por los que se comprometían de por vida y ante Dios a cumplir con la obligación sagrada de defender a la sociedad. Igual que los monjes al realizar sus votos de castidad, pobreza y obediencia, entraban a formar parte de una Orden (en realidad de un lugar en “el Orden de las cosas”) los caballeros al realizar sus votos también entraban a formar parte de una Orden, la Orden de Caballería (otro lugar en el “Orden de las cosas”). Es interesante destacar que dentro de los ideales caballerescos también se encontraba la “gracia” y la “donosura”, valores estéticos que hacían sobresalir aún más al caballero y lo diferenciándolo del hombre zafio y sin formación. En definitiva ser “Caballero” significaba entonces (y aún hoy), ser un elegido por destacar en la sociedad y, aunque es cierto que en sus primitivos orígenes los caballeros eran elegidos por “votación” y que, con posterioridad, lo fueron por pertenecer a una estirpe, todos ellos tenían que pasar por un periodo formativo y por una serie de pruebas para demostrar su valía antes de poder realizar sus votos sagrados.

A final de la Edad Media y principio del Renacimiento ya nadie creía en estos ideales caballerescos excepto Rodrigo Manrique y otros pocos nobles. La nobleza había degenerado hacia el feudalismo en donde los caballeros podían abusar de su poder olvidándose de su misión de defender a la sociedad. Además suponían un continuo foco de desestabilización política al considerar a los reyes “primus inter pares” o “primeros entre iguales” y entender que podían revelarse contra ellos. Es cierto que sus desobediencias las justificaban en que los reyes hacían dejación de su obligaciones de gobierno pero, en la mayor parte de los casos, se revelaban cuando los reyes contravenían sus intereses particulares.

La lucha de Rodrigo Manrique por revitalizar la Orden de Caballería marcó la vida de su hijo Jorge y puede considerarse (en una primera lectura) como el motivo por el que escribió las tres primeras coplas. En estos versos Jorge hace una reflexión dirigida a quienes fijan como motor y objetivo de su vida la ambición personal, olvidándose de sus obligaciones sagradas, y recordándoles que todo pasa y la muerte acaba igualando a todos los hombres (“a los que viven por sus manos y a los ricos”). Pero la influencia de la figura de Rodrigo Manrique en la vida de su hijo Jorge parece ir mucho más allá. Jorge vive bajo la sombra de su padre, siempre fue “el hijo de Rodrigo”, nunca se le conoció de otra forma, entre otras cosas porque sus méritos guerreros fueron pobres y estuvieron muy lejos de los de su progenitor. En imprescindible tener en cuenta que Jorge Manrique fue un caballero, un guerrero, aunque la historia le recuerde como poeta. La poesía entra dentro de los valores estéticos que debían adquirir los caballeros y todos ellos la practicaban, incluso el duro y áspero Rodrigo escribió versos. Jorge fue, en vida, un guerrero con aptitud para la poesía. Por ese motivo es tan importante para entender su figura el conocer las ambiciones de su padre y las distintas situaciones por las que pasó e hizo pasar a su familia. Las más significativas son las siguientes:

– Rodrigo Manrique fue un noble ambicioso pero segundón de una estirpe más importante que es la de los Lara. Este hecho marcó su vida de dos formas: (1) sólo podía ser valorado por sus propios méritos y (2) carecía de grandes recursos económicos. Es decir, desarrolló una gran actividad guerrera siempre con pocos medios y en los lugares más peligrosos por ser los que carecían de interés para el resto de nobles. Por este motivo pasó gran parte de su vida en las tierras de frontera con “los moros”. Jorge lo describe así en su copla treinta y seis:

El vivir qu’es perdurable

non se gana con estados

mundanales,

ni con vida delectable

donde moran los pecados

infernales;

mas los buenos religiosos

gánanlo con oraciones

e con lloros;

los caballeros famosos,

con trabajos e aflicciones

contra moros.

– Rodrigo creyó firmemente en la función del Caballero como elegido para proteger a la sociedad. En este sentido consideraba que no bastaba con ser ordenado Caballero por pertenecer a una familia noble sino que, además, todo Caballero debía justificar su nobleza con hechos.

– Como Rodrigo carecía de recursos económicos suficientes para tener un gran ejército, durante toda su vida luchó por ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago. Las órdenes militares, y muy especialmente la de Santiago, eran los únicos ejércitos permanentes de la época y, por eso, los más eficaces y profesionalizados. Ni siquiera los reyes y los grandes nobles tenían dinero suficiente para mantener ejércitos parecidos. Ser el Maestre, es decir, ser la mayor autoridad dentro de la Orden, fue un puesto muy codiciado en unos tiempos de continuas guerras internas y contra “los moros”. Por otra parte, al ser una Orden Religiosa, guardaba de una forma más auténtica los ideales de la Caballería defendidos por Rodrigo. En definitiva Rodrigo se identificó plenamente con al Orden, vinculó su familia a ella y, además, buscó dirigirla para conseguir el gran poder militar que ansiaba pero del que carecía por falta de medios y de nobleza.

Artículo siguiente: Ensayo Sobre Jorge Manrique (Parte 2)

 

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