tio-ferSi es cierto que el dolor se puede compartir aunque sea lo justo para hacerse soportable, mi tío Fernando fue un maestro de la compasión.

Si es cierto que curar es más que una mera profesión o que un arte porque no trata sólo de vencer una enfermedad, sino de devolverle vida al enfermo, lo que su cuerpo y él mismo tienen de alma, mi tío Fernando nació con ese Don de Dios.

A menudo se quedaba callado, como los sabios verdaderos. No le aturdía el ruido del mundo, lleno de manipulaciones de quienes azuzan con el rencor, con el miedo o con la culpa. Porque esa gente simplemente quiere algo de ti, aunque no lo digan. Y él siempre lo supo. Siempre le pareció evidente.

A menudo se quedaba callado, también, con los oídos atentos y la mente abierta escuchando a los que proponían nuevos conocimientos, sin querer dejar de aprender. Porque él era consciente de que por mucho que supiera su conocimiento era diminuto ante los misterios que aún guarda el universo en su macro y micro cosmos. Yo nunca he conocido a un sabio que no fuera humilde, y él lo era.

Y cuando por fin hablaba lo hacía con tanta sencillez que, aún nosotros de niños, éramos capaces de entender sus explicaciones sobre medicina. Recuerdo una en concreto en la que resolvió una pregunta compleja contestando que el cuerpo es un 70% de agua. No dijo nada más. Algo que conoce un niño de 10 años. Pero contestar así sólo está al alcance de los verdaderos sabios. Porque la verdadera sabiduría se manifiesta de forma simple, casi evidente, para aquellos que miran donde todo el mundo mira y son capaces de ver lo que nadie más ve.

Pero si en algo ha sido un verdadero maestro, si en algo ha destacado sobre los demás aunque él no lo pretendiese, fue por descubrir el secreto último de la vida, la piedra sobre lo que todo se apoya: la ternura como motor del mundo.

Maestro de ternura, así lo definen sus propios hijos. Un adelantado a su tiempo, también lo dicen, y no es una casualidad. Es un sabio quien entiende que, a pesar de lo que parece, son los pequeños actos de amor los que mueven el mundo y los que protegen a los hombres de los demás hombres y también de sí mismos. Cuántas veces nos habríamos destruido ya, si no.

Y aquí estamos todos los que nos hemos beneficiado de esa enorme bondad que lo definía. Su familia, sus amigos, tanta gente que trabajó con él y que, a pesar de los años que han pasado, nunca fueron capaces de olvidarle. Porque la bondad no se olvida, la bondad es una marca buena que nos queda en el alma para siempre. La bondad que tiene todas esas caras: la ternura, la sabiduría, la humildad, la sencillez y, desde luego, la compasión: la capacidad de padecer con los que sufren y quitarles algo de su sufrimiento. ¿A qué vienes? – le decían los enfermos -. A sufrir contigo – contestaba él con su mirada cuando ya no había nada más que hacer.

Mi recuerdo, perdonarme la confidencia, es el verle sentado en la silla de mimbre de la entrada de Villa Rosario, la casa de Luarca, aprovechando la buena luz de la mañana para leer el periódico, casi estudiándolo con sus ojos castaños oscuros, el pelo negro ondulado, la camisa de manga corta con bolsillo en el pecho en el que llevaba un bolígrafo, atento a su lectura pero, también, alerta a nuestras cosas de niños. Cuando recordamos, no sé el motivo, siempre acabamos en la infancia.

Y ahora, después de unos días en los que no soy capaz de atinar con nada, sólo quería añadir una cosa más. Mi seguridad como una verdad evidente, como algo físico, como algo que no me quito de la cabeza desde que murió, de que existe la esperanza. La esperanza para todos juntos como sociedad pero, también, la esperanza íntima para cada uno de nosotros. Y que él la encontró.

©Rafael Álvarez Avello

 

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